Fin de emisión

22.09.2018

"Muy pronto la televisión, para ejercer su influencia soberana, recorrerá en todos los sentidos toda la maquinaria y todo el bullicio de las relaciones humanas"

Martin Heidegger

"La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, y no una invitación a la hipnosis"

Umberto Eco

   La transmisión se interrumpió a la 1:35 de la madrugada, momento exacto en el que un reconocido golfista se preparaba para golpear la bola en dirección al hoyo más próximo. La susurrante voz del relator describía cada movimiento y predecía hipotéticas jugadas que el deportista podría realizar. El hombre ya lo había decidido. Levantó la vista, observó el terreno, midió la distancia y flexionó las piernas. Llevó ambos brazos hacia atrás y el palo cortó el aire con un zumbido.

   El primer detalle que tomó por sorpresa a Gerald fue la estática. Abrió los ojos sobresaltado y dio una media vuelta, que lo obligó a aferrarse con todas sus fuerzas al soporte de la cama para no irse de bruces al suelo. Caer habría significado, como mínimo, otra fractura de cadera. No pasaría otra vez por eso. Le bastaba con la prótesis de titanio que le habían colocado en el lado derecho dos años atrás, a raíz de un torpe resbalón mientras salía de la ducha. Se afirmó y volvió a rotar su maltratada columna vertebral, apoyándose otra vez en terreno seguro.

   El único televisor que poseía, un viejo Philips color ceniza, permanecía siempre encendido en el comedor. Sin él, no sería capaz de soportar el silencio abrumador de su casa, demasiado grande para ser habitada por una sola persona. Gloria había fallecido hacía más de diez años, y sus hijos lo visitaban cuando recordaban su existencia (es decir, cuando necesitaban algún tipo de favor, que su padre jamás negaba).

   La estática se volvía cada vez más intensa. Se quitó las frazadas de encima y bajó los pies hasta apoyar los dedos en el gélido parquet. Luego, procedió a vaciar su vejiga en el orinal de plástico y calzarse las pantuflas. Parecía como si alguien, oculto en su propio comedor, se hubiera apoderado del control remoto y lo estuviera utilizando para atraerlo hacia allí. Cruzó la habitación con el ritmo parsimonioso que caracteriza a los ancianos, ayudado por su bastón cuadrípode. Al llegar a la puerta que dividía su dormitorio del pasillo se detuvo en seco: los ruidos habían cesado.

   Recorrió el tramo restante apoyándose sobre la pared, y al llegar a la sala se plantó frente al televisor. La imagen de un patrón cromático abarcaba la totalidad de la pantalla.

   Reservada a unos pocos técnicos profesionales, la carta de ajuste estaba en vías de extinción. Las emisiones continuas y el vertiginoso avance tecnológico de las cadenas televisivas se habían ocupado de ello.

   La misma porquería de siempre. No volvería a pegar un ojo en toda la noche. Golpeó el aparato con el puño y lo maldijo. Tomó el control remoto y apoyó su huesuda espalda sobre el respaldo del sillón de terciopelo.

   Primero utilizó los botones para cambiar de canal. Nada.

   Después, los del volumen. No hubo respuesta.

   En un arranque de ira presionó todos los botones a la vez, sin que nada ocurriese. Sacó un cigarrillo del bolsillo delantero de su pijama y lo encendió. Aspiró una profunda bocanada de humo, que soltó con un acceso de tos. Nunca había logrado abandonar el vicio. No podía decir lo mismo de la cerveza. Abrió el refrigerador y sacó un botellín de medio litro, que abrió con la ayuda de un destapador herrumbroso. En otros tiempos se habría valido de sus propios molares.

   Pulsó todos los botones por segunda vez y miró la pantalla con hastío. Sin previo aviso, la estática volvió a apoderarse del aparato.

   El hombre enfureció. Se puso de pie, arrancó la antena que sobresalía de la parte posterior y la lanzó contra el suelo. Uno de los delgados tubos metálicos rodó hasta perderse debajo del sofá, el otro acabó junto a sus pies. Bebió la mitad restante de su cerveza y encendió otro cigarrillo. Si la señal se restablecía, ya no tendría forma de saberlo. El reloj en la pared pasó a marcar la 01:53.

   Resignado, desconectó el televisor y regresó a su dormitorio.

   A la 01:58 volvió a encenderse, pero esta vez sin aquella estática. El Himno Nacional sonaba al máximo volumen.

   Un escalofrío recorrió el cuerpo del anciano, que pudo sentir como se erizaba cada centímetro de su esmirriada humanidad. Habría jurado que apenas cinco minutos atrás había tirado del cable para desprenderlo del tomacorriente.

   Se destapó con nerviosismo y permaneció con la mirada fija en la lámpara del techo. Se desharía de aquel aparato en cuanto tuviera oportunidad. El Himno también podía oírse desde las casas vecinas, haciendo resonar toda pared que atravesaba. El audio se rebobinaba y entremezclaba con sonidos pertenecientes a otras grabaciones, transformándose así en algo ralentizado e incomprensible. Ya en el comedor, apartó una de las cortinas que daban hacia la calle para poder observar qué estaba ocurriendo fuera. Las luces de la casa de Henry, justo frente a la suya, estaban encendidas. La silueta de un hombre obeso asomó por el lado izquierdo de la ventana y desapareció por el derecho.

   Se cubrió los oídos y regresó junto al televisor, desconcertado. Un extraño emblema circular, perteneciente a algún tipo de organismo, cubría toda la pantalla. En su centro, una espada y una pluma se cruzaban superpuestas sobre un globo terráqueo, coronado a su vez por una gran balanza. La leyenda "Programa para la Preservación de la Dignidad Nacional" recorría todo su perímetro. Un código incomprensible figuraba debajo:

32-144-32 / KGJ - GH 393 - AQ18Z

   Y a continuación:

PARA SER UTILIZADO SÓLO EN CASO DE COMPLETA RENDICIÓN

   Gerald se sentó en el sofá, encendió un nuevo cigarrillo y lo sostuvo entre sus temblorosos labios. La imagen se fundió en negro y le dio paso al Pabellón, que flameaba imponente sobre un cielo celestísimo. Un texto de tosca tipografía recorrió la pantalla de abajo hacia arriba, al igual que los créditos de una película.

   "Lo que tanto temíamos, ha sucedido.

   A pesar de los vastos sacrificios de nuestras Fuerzas Armadas, hemos sido obligados a rendirnos ante el enemigo.

   Aunque puedan ocupar nuestras fronteras, nuestras calles y nuestros hogares... el enemigo jamás ocupará nuestro espíritu.

   Es por eso que todos, en este preciso instante, son llamados a actuar, para preservar clara y brillante la memoria de nuestra nación, sin tachaduras ni compromisos.

   Dejemos que nuestra resolución haga eco a través de la historia: incluso en la derrota, nos negamos a ceder.

   Incluso en la derrota, reclamamos victoria"

   La firma del presidente apareció sobre la esquina inferior derecha de la carta. Era una especie de cadena nacional, o al menos eso aparentaba.

   Presentía que algo malo estaba a punto de ocurrir. Con esto todavía en mente destapó otra cerveza, la cual bebió hasta dejarla por la mitad en tres grandes tragos.

   El Himno se detuvo, y la bandera continuó flameando en el más absoluto silencio. La estática no tardó en regresar, provocando que Gerald se sorprendiera y derramara parte de la cerveza sobre sus pantalones.

   Durante un buen rato aquello se mantuvo invariable, hasta que finalmente fue sustituido por el primer plano de unas rosas hamacadas por el viento, acompañado a su vez por un extraño himno litúrgico. El emblema se reposicionó sobre el lado derecho de la pantalla, más pequeño que la primera vez, acompañado de los siguientes mensajes:

ACTÚE INMEDIATAMENTE

Honre la patria tomando el último y más grande compromiso

Es un privilegio ser llamado a la acción

   La grabación fue reemplazada por otra que, desde un helicóptero, mostraba una vista panorámica de toda la ciudad.

Use el método más accesible para usted en este momento

Su valor inspirará a otros

EVITE EL PÁNICO

El acceso a un arma de fuego cargada es ideal

UNA A SUS VECINOS, A SU FAMILIA

Las fuerzas del orden público han recibido la orden de garantizar el acatamiento del mandato establecido

ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE

   A lo lejos se oyó un gran estruendo, que hizo sonar al unísono todas las alarmas de los automóviles que se encontraban cerca. Una enorme nube de polvo cubrió la pequeña rendija entre ambas cortinas, por medio de la cual se filtraba la escasa luz amarillenta de los focos de sodio. Dos patrulleros atravesaron la calle con las sirenas encendidas, iluminando por un instante las paredes del comedor en penumbra.

   Gerald permaneció apoyado sobre el marco inferior de la ventana, aguardando a que la gran masa de humo y escombro pulverizado se disipara. Se mareó, apartó la cabeza con vehemencia y vomitó junto a la puerta del recibidor.

   Tenía que pararlo de alguna manera.

   Luego de haber recuperado la suficiente compostura se dirigió a la pequeña despensa contigua a la cocina y tomó de allí el hacha que utilizaba para cortar leña, la cual descansaba sobre dos soportes metálicos. Regresó al comedor y apoyó su cuerpo contra uno de los brazos del sofá. Sería como cortar un tronco de buen tamaño.

   La imagen cambió por última vez. La cabeza de un maniquí rotaba sobre sí misma en el centro de una oscura habitación. De fondo, una serie de agudos pitidos seguían algún tipo de patrón cifrado.

   Levantó el hacha por encima de su cabeza y la incrustó en el aparato con todas sus fuerzas. Al instante, una lluvia de chispas cayó sobre la alfombra. Sin vacilar ni un solo instante volvió a tomar impulso y la hundió sobre la pantalla, que explotó lanzando cristales en todas direcciones. Los cables en su interior se fundieron con un chirrido eléctrico, y el televisor dejó de funcionar.

   Aun así, la transmisión todavía era capaz de oírse a través de otros televisores. El mensaje debía llegar a todos por igual. A raíz de eso había tenido todos aquellos problemas con el volumen. Sí, por supuesto que cuadraba. Cayó rendido sobre el sillón con el hacha todavía en la mano, cuando unos chillidos provenientes del exterior lo obligaron a ponerse otra vez de pie.

   No era capaz de distinguirlo con la suficiente nitidez, pero creía ver que Henry, el vecino de enfrente, le apuntaba a su esposa con un arma. La mujer abrió la puerta y corrió despavorida en dirección a la calle. Él salió tras ella y le disparó en la nuca, matándola al instante.

   Le dio otro tiro de gracia y levantó la vista, cruzando miradas con Gerald, que estaba torpemente escondido junto a una de las cortinas. El anciano se cubrió detrás de la pared, segundos antes de que cinco balas destrozaran el cristal, proyectando miles de esquirlas a través del comedor. Tomó el bastón y se alejó todo lo que sus piernas le permitieron. Henry atravesó el sendero de la entrada a toda velocidad y comenzó a golpear los listones del amplio ventanal con la culata de su pistola.

   —¡HIJO DE PUTA! —vociferó—. ¡TE VOY A MATAR!

   El anciano recogió el hacha y se atrincheró a un lado del refrigerador. Tarde o temprano aquel infeliz lograría entrar y lo dejaría como un colador.

   Henry retiró los últimos trozos de madera, levantó una de sus piernas con sorprendente agilidad y se impulsó hacia adentro.

   —¡SÉ QUE ESTÁS AHÍ!

   Apuntó y disparó tres veces contra el refrigerador. Del otro lado, Gerald se estremeció.

   Henry se acercó lo suficiente y Gerald, que lo observaba sin que éste se diera cuenta, rogó no fallar. Abrió de golpe la pesada puerta del congelador, la cual impactó de lleno contra el rostro de su vecino, aplastándole la nariz. La sangre resbaló por su barbilla y le tiñó de un desagradable marrón oscuro la camiseta que cubría su abultado abdomen. Gerald se plantó frente a él y levantó el hacha, pero el otro fue más rápido y logró propinarle una patada en el vientre que lo hizo aterrizar encima de la pequeña mesa de vidrio, desintegrándola por completo. Sin perder el tiempo, avanzó tambaleante y le apuntó con la pistola. El anciano, jugándose su última carta, alzó la cabeza y exclamó con una expresión de genuino terror en el rostro:

   —Hija, ¿¡qué estás haciendo aquí!?

   Henry se volteó furioso y Gerald aprovechó aquella brevísima distracción para recoger el botellín de cerveza que se había caído de la mesa. Al estirarse, un dolor punzante atravesó sus extremidades como un afilado cuchillo. Cuando el intruso giró la cabeza, el anciano se la arrojó en plena cara. Los trozos de vidrio le abrieron profundas heridas en la frente, que le bañaron el rostro de sangre. Al borde de la inconsciencia, Henry comenzó a maldecirlo entre balbuceos mientras se cubría con una de sus manos.

   Gerald se arrastró sobre los trozos de vidrio para alcanzar el hacha, que había volado junto con él. La cadera le palpitaba. Estiró los brazos con todas sus fuerzas y la sujetó por la parte inferior. Henry se aproximó una vez más y el anciano blandió el hacha hacia adelante, incrustándola por completo en el esternón de su vecino. El hombre contempló lo que quedaba de su pecho, incrédulo. La tomó por el mango e intentó sacarla, pero no lo consiguió. Veinticinco centímetros de hierro macizo se habían abierto camino a través de su pecho, dividiéndolo por la mitad.

   Dio dos pasos hacia atrás, tropezó con una de las patas de lo que anteriormente había sido una mesa y cayó sentado contra la pared. Sus ojos, ya exánimes, parecían observar con resignación el nuevo aditamento corporal.

   Una nueva explosión tiñó el cielo de naranja. Los pitidos aún se podían escuchar por encima de los gritos y las alarmas de los vehículos.

   Gerald permaneció jadeando en el suelo durante algunos minutos. Los fragmentos de vidrio le habían abierto profundas heridas a lo largo de todo el cuerpo, y estaba seguro de que tenía una pierna fracturada. Si lograba salir de ésta, no volvería a caminar.

   Giró el torso con espantoso dolor hasta quedar boca abajo. Valiéndose de sus últimas fuerzas, tomó el bastón y comenzó a arrastrarse en dirección al teléfono de la cocina. Un hilillo de sangre brotaba de su cuero cabelludo y le cubría la mitad del rostro. Entre quejidos de dolor, logró apañárselas para sentarse frente al aparato. Utilizó el bastón para sacar el auricular del soporte, dejándolo que colgara de su propio cable y, con ayuda de una de las patas, pulsó uno por uno los botones de plástico. Un helicóptero sobrevolaba los alrededores.

   —Vamos, vamos, vamos...

   Marcó el último dígito y se apresuró a colocar el auricular sobre su oído. Una débil sonrisa se dibujó en su rostro. Alguien habló del otro lado de la línea, pero el anciano se le adelantó.

   —¡Ágatha! Por el amor de Dios, ¿estás b...?

   Dejó de hablar por un momento y escuchó. Sus ojos se anegaron en lágrimas. La voz inerte de una contestadora repetía una y otra vez el mensaje de la cadena.

LAS FUERZAS DEL ORDEN PÚBLICO HAN RECIBIDO LA ORDEN DE GARANTIZAR EL ACATAMIENTO DEL MANDATO ESTABLECIDO

UNA A SUS VECINOS, A SU FAMILIA

A SU DIOS

ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE

ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE

ESTE MENSAJE SE RETRANSMITIRÁ AUTOMÁTICAMENTE

   Fuera, un convoy militar se detenía delante de la casa. Varios objetos tubulares, lanzados a través del destrozado ventanal, cayeron rodando sobre el suelo del comedor y comenzaron a llenarlo de gas lacrimógeno. Seis soldados se preparaban para entrar.

   El anciano apoyó la cabeza contra la pared, y soltó el teléfono.

Andrés Apikian

Montevideo, septiembre de 2018